María Victoria Murillo

María Victoria Murillo (Buenos Aires, 1967) es Doctora en Ciencia Política (Universidad de Harvard) y Licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires). Fue profesora en la en la Universidad de Yale y es profesora visitante en la Universidad Torcuato Di Tella. Actualmente dirige el Doctorado en Ciencia Política de la Universidad de Columbia. Ha publicado Labor Unions, Partisan Coalitions, and Market Reforms in Latin America (Cambridge University Press, 2001), Argentine Democracy: the Politics of Institutional Weakness (Pennsylvania State University Press, 2005, volumen coeditado con Steven Levitsky) y Political Competition, Partisanship, and Policymaking in Latin America (Cambridge University Press, 2009), y numerosos artículos en American Journal of Political Science, World Politics, Comparative Politics, Comparative Political Studies, Latin American Research Review y Desarrollo Económico.

Entrevistaron: Matías Butelman y Pablo Ezequiel Balán

Índice

  1. Estudiar la realidad
  2. Norte y sur: ¿mesas separadas?
  3. Sobre artesanía intelectual

Estudiar la realidad

¿Cómo surgió tu interés por la ciencia política?

En el ’82 yo hacía política en el centro de estudiantes del Carlos Pellegrini en relación con la militancia por los derechos humanos. En el ’84 empecé a militar en el PI, y me fui en Semana Santa, en el ’87. Militaba, fundamentalmente por eso entré a estudiar ciencia política. Recuerdo que estaba entre ciencia política, antropología y sociología, no es que estuviera entre ciencia política y medicina. En el CBC cursé la introducción a la antropología, que me pareció lamentable, y la introducción a la ciencia política, que era más interesante. Entonces me quedé en ciencia política.

Mientras cursabas  la carrera de grado, ¿consideraste otros planes además de la academia?

¡No consideré la academia en absoluto! Nunca pensé en qué iba a hacer para trabajar. O sea, pensé que de algo iba a trabajar y al principio que iba a militar igual. En tercer o cuarto año, cuando dejé de militar (estaba en una agrupación independiente, Alternativa Académica), ya finalizando la carrera, me di cuenta de que podía irme afuera. Pero originalmente no pensé mucho: hice las aplicaciones en el último año, antes de recibirme. Probablemente no las hubiera hecho tan temprano, pero mi novio en ese momento (mi marido ahora) quería irse, y entonces se aceleró el proceso. Ya para ese momento me gustaba la academia, me parecía que estaba bueno ir a hacer un doctorado. Ahora, para qué servía el doctorado y si me iba a dedicar a la actividad académica posterior no lo tenía en absoluto en claro. Tengan en cuenta que en aquel entonces no necesitabas un doctorado para ser profesor Argentina, eso es más nuevo.

¿Había para los estudiantes que recién entraban en la universidad una vinculación explícita que integrara la actividad política y la ciencia política que estudiaban, o eran mundos completamente separados?

A mí me interesaba la política y me interesaba hacer algo que tuviera algún sentido desde la política. Pero la academia, cuando yo cursé ciencia política en la UBA, estaba muy alejada de la realidad. Cuando nosotros estudiamos en la UBA, había militancia. Pero primero, la militancia era muy “de pasillo”, de qué pasaba en la UBA, del centro de estudiantes, no tanto de la política general. Incluso nuestra agrupación independiente era sobre la carrera, era muy gremial. Y la ciencia política en sí misma era muy teórica.  Había mucha teoría política pero muy poca investigación empírica. Debo haber hecho un par de veces investigación empírica, pero más que nada era leer los clásicos. De hecho, una de las cosas que más me gustó cuando llegué a Estados Unidos es que se podía estudiar la realidad. Es decir que, si bien en las primeras generaciones (sobre todo de esas primeras generaciones, yo fui la segunda generación de gente que entró a Ciencia Política) casi todos o habían militado o militaban, la carrera no tenía tanta vinculación con la política real.  En la primera generación no había muchos chicos de 23 años o 18 años, sino que eran todos más grandes.

Dijiste que el enfoque empírico era la principal novedad respecto de lo que se hacía en la UBA. ¿Tenías esa expectativa cuando te fuiste?

No creo que tuviera expectativas definidas. Tenía la expectativa de salir de la Argentina y aprender cosas nuevas.  No era una decisión estratégica en absoluto. Tenía en claro que quería aprender, ver algo nuevo. No pensé en qué iba a hacer con eso. Estaba cansada de la discusión entre el marxismo y el post-marxismo, de las discusiones teóricas. Cuando llegué a Estados Unidos había un debate de rational choice versus no rational choice que me hartó, al punto que en una clase dije “no, basta, ya me fui de la Argentina por estos debates que no sirven para nada. No vine acá a perder mi tiempo” y todo el mundo me miró como diciendo “¿de dónde salió ésta?”.

Pero lo que sí me pareció una contribución buenísima, independientemente de las distintas perspectivas que había allá -gente que venía del conductismo, del rational choice, de perspectivas más cualitativas, de perspectivas más históricas-, es que todo era empírico, todos trataban de entender algún problema empírico, todo se testeaba. Al final del día nadie cuestionaba al falsacionismo popperiano, y eso me encantó: por fin podía estudiar la realidad. Al final del día nadie cuestionaba al falsacionismo popperiano, y eso me encantó: por fin podía estudiar la realidad. Eso fue lo que más me gustó.

¿Cuáles fueron los mejores cursos que tomaste, tanto en Harvard como en la UBA, los que más te influyeron?

El mejor curso que tomé en la UBA se llamaba “Problemas políticos contemporáneos”, me lo dio Claudia Hilb. Fue claramente el mejor curso que tomé en la UBA y el que más me influyó. Si alguno influyó en mi decisión de dedicarme a la academia fue ése.

¿Qué contenidos dictaba?

Lo que se le daba la gana. Hannah Arendt, por ejemplo. Claramente no eran problemas políticos contemporáneos sino teoría política. Pero estaba bueno porque ella tenía un entusiasmo contagioso. Aprendí un montón: Chantal Mouffe, Laclau, Arendt.

En Harvard es distinto, todos te influyen. Probablemente el curso que más me influyó fue el seminario de Comparative Politics, de política comparada, porque fue una inmersión en todo lo que había y yo no conocía. De todo el listado yo, vagamente, había leído sólo a Huntington. Estaba buenísimo de repente enterarme de que existían otras cosas. Era muy difícil, había que leer un montón, como mil páginas por semana, pero también había ideas nuevas en cada clase. La tomé en mi primer cuatrimestre y me encantó.

¿Quiénes lo dictaban?

Lo daban Jorge Domínguez y Alberto Alesina, quienes por otra parte eran los únicos que entendían mi inglés, e inmediatamente me mandaron a tomar clases de inglés, también en mi primer semestre. También me encantaron las clases de Jeff Frieden. Una clase de teoría política que era insólita para mí, porque, aunque había visto mucha teoría política en la Argentina, no había visto nada de lo que se leía en esa clase, era la que daba Judith Shklar.

¿Era otra tradición?

Sí, era una tradición mucho más anglo, analítica. Por ejemplo, daba castigo y no daba Foucault, y yo no podía creerlo. Me abrió bastante la cabeza. Después tomé cursos de metodología,  pero el que más me influyó fue el seminario de política comparada. También se aprendía muchísimo de los compañeros, no sólo de las clases. Las clases son una vez por semana, dos horas. El desafío es la preparación de la clase y las discusiones con los compañeros para llegar a la clase.

Norte y sur: ¿mesas separadas?

Después de tu formación, ¿cómo percibís la brecha entre la ciencia política argentina y la norteamericana?

Me parece que la ciencia política argentina es más que una. La ciencia política norteamericana, con todos sus debates internos, es más homogénea que la ciencia política argentina. Mi impresión es que no se enseña lo mismo en todos los lugares que dan licenciatura en ciencia política en Argentina. La principal diferencia es la escala: allá el sistema educativo en el grado no enseña carreras profesionales, en general. Si vos vas a estudiar derecho, que es una carrera profesional bastante habitual, lo más común es que en el grado estudies ciencia política. El major en ciencia política es muy habitual. Economía y ciencia política son de los majors que tienen más estudiantes. Esto de por sí genera una demanda muy fuerte de profesores de ciencia política, especialmente de política americana, lo que a su vez genera una academia muy poblada: los congresos de APSA reúnen  miles de personas. Esto permite que la academia norteamericana viva en sí misma: puede ignorar la política a un grado que la academia argentina no puede permitirse.

La academia norteamericana tiene un sistema de recompensas y castigos totalmente interno a la academia: dónde estás, dónde publicás, si estás en las asociaciones. En la Argentina la escala es muchísimo más chica, y entonces el sistema al interior a la academia no resulta suficiente para contener: hay una presión más fuerte para hacer consultoría, para escribir en el diario, para hacer cosas extra-ciencia política o extra-académicas. Me parece que esa presión no existe en Estados Unidos: allá la gente pone más su energía -salvo en casos excepcionales- en publicar en ciencia política y en hacer su carrera dentro de la universidad.

Entonces no ves la diversidad local como un signo de atraso.

No, la veo como una diferencia: la escala no te permite otra cosa. Mi impresión es que en todos los países donde la escala de la academia es chica hay una tensión hacia la actividad extra-académica. Lo que noto que es diferente en los últimos tiempos es que, al verse polarizada la política argentina, a veces también se polarizan los estudios de la ciencia política, porque justamente por su vinculación con la política, la disciplina está más sujeta a lo que pase en la realidad argentina. En cambio, si gana Bush o gana Obama, la ciencia política norteamericana no cambia absolutamente en nada.

Acá tenés cinco personas en el faculty. Si dos son kirchneristas y tres antikirchneristas, o viceversa, te afecta más la cotidianeidad que en un departamento con treinta o sesenta profesores en el que, en principio, si hay un republicano es de milagro, y a quienes quién gane la elección no les va a cambiar nada. Acá cambia mucho: mirá los salarios de CONICET. El sistema de incentivos para ser profesor en Di Tella cambia si la universidad pública cambia mucho o poco. Los salarios de la universidad pública o de CONICET se modificaron dramáticamente. Entonces, a Di Tella le afecta mucho más quién está en el gobierno que a Columbia o a Harvard.

¿Pero eso llega a influir en la predominancia de determinados enfoques o líneas teóricas?

No, la política y la ciencia política en Estados Unidos no caminan por el mismo carril.

Y a la inversa, ¿cómo ves el impacto de la ciencia política en la discusión pública acá y allá?

Mi impresión es que hay bastante poco en ambos lugares. El impacto de politólogos acá está asociado a un rol público que no tiene nada que ver con la ciencia política. En Estados Unidos hay gente como Melisa Harris-Perry, una politóloga que tiene un programa de televisión y trabaja sobre temas de minorías étnicas afro-americanas. Es una personalidad que mueve una agenda sobre esas minorías, pero es una decisión personal.

Hay un esfuerzo de la Asociación Norteamericana de Ciencia Política (APSA), que dividió las revistas en secciones: tiene una más académica y otra que tiene que hacer un intento de vinculación con la realidad. En esta última se trata de influir la política pública pero desde lo técnico. Por ejemplo, el sistema electoral en Estados Unidos exige que se redibujen los distritos electorales cada un determinado número de años, y hay una discusión sobre si tienen que incluir o no a las minorías étnicas. En esa discusión hay muchos politólogos que juegan un papel importante en definir la evidencia para la toma de decisiones. Sí hay una influencia, pero es una influencia técnica.

¿Este tipo de acciones están contempladas en la formación de los politólogos?

Desde el punto de vista de que la gente se especializa en el diseño de distritos electorales, se entiende que los politólogos tienen que poder prestar evidencia. No opinar sobre cualquier tema, como haría un intelectual público. Cuando el Congreso, la Corte Suprema, o alguna dependencia del Estado necesitan una opinión sobre un tema, existen formas de incluir la evidencia técnica. Así como existe el amicus curiae de la Corte Suprema, existe - sobre todo en el tema electoral- mucha evidencia de expertos en ciencia política.



Fuente: The New Yorker

¿Acá existe algo equivalente?

No, pero en parte porque el Congreso no funciona igual. Sobre la Corte Suprema no sé, pero mi impresión es que tampoco funciona de manera tan aceitada. Además, en el caso puntual del dibujo de los distritos electorales, en Argentina, al menos a nivel provincial, estos distritos son fijos. Mi impresión es que nadie llama a un técnico para definir si un distrito u otro. Allá intencionalidad es la misma: los distritos los dibujan los diputados, los senadores, los dibuja el Congreso, pero cuando alguien trata de señalar que eso va a molestar o a dañar a un grupo en particular, necesita evidencia y en la búsqueda de evidencia es que sí se usan estudios de ciencia política.

¿Qué obstáculos identificás para la consolidación y la institucionalización de la disciplina en la Argentina? ¿Percibís que hay obstáculos epistemológicos respecto de la posibilidad de estudiar científicamente algo sobre lo que todos pueden opinar, como es el caso de la política?

Obstáculos no hay, porque hay mucha gente que se especializa en algo y estudia el tema, así que evidentemente se puede hacer. Lo que hay es un sistema de incentivos que varía dependiendo de la plata que ganes, de las recompensas, de los lugares para publicar, del reconocimiento al interior de la academia. Por ejemplo, quizás escribir un artículo en el diario es más reconocido que publicar en American Political Science Review. La gente pone su energía en donde la recompensan. Pero hay muchísima gente que se especializa y que mantiene un tema, y que de hecho también podría proveer evidencia técnica, como en Estados Unidos.

En EEUU, por otro lado, la ciencia política, como no necesita de lo externo, tiende a no opinar. Muchas veces, gente que podría opinar no opina e ignora la política directamente, porque no le afecta en su vida cotidiana. De hecho, una vez le hice a un colega norteamericano la pregunta que ustedes me hicieron: “¿Por qué estudiaste ciencia política?”. Dijo: “porque me gustaba la matemática y la historia; entonces me pareció que la ciencia política era un buen lugar”. En cambio, para mí la ciencia política viene vinculada al interés con la política. Para él no y, de todos modos, hizo una carrera muy exitosa. No es necesario que te interese la política para hacer la ciencia política en Estados Unidos.

¿Cómo afecta a la disciplina la aprobación de la enmienda Coburn, que corta el financiamiento de la National Science Foundation (NSF) a las investigaciones en ciencia política?

Si cortan el presupuesto de NSF para ciencia política, el principal efecto es sobre las instituciones menos ricas, donde la gente depende más de los fondos para hacer su investigación. Las instituciones más ricas tienen fondos propios u otras posibilidades, o sea que el impacto claramente afecta a unos más que a otros. Por otra parte, la enmienda finalmente no cortó el presupuesto de NSF sino que estableció que el mismo debe limitarse a temas de seguridad nacional o vinculados a los intereses económicos de los EE.UU.

¿Una iniciativa de estas características tiene recepción entre el público?

Nadie sabe y salvo a este hombre a nadie le importa, pero habrán necesitado su voto para algo y él pidió esta enmienda para darlo. Salvo a los politólogos, a nadie le importa el programa de ciencia política de la NSF. Sin embargo, en la academia tiene un efecto sobre el tipo de cosas que se financian. Por ejemplo, APSA tiene un instituto de verano para estudiantes de minorías étnicas a fin de promover que estudien doctorados en ciencia política. Y el NSF acaba de cortar el financiamiento del mismo debido a la modificación impuesta por esta enmienda.

Desde tu posición en la universidad, ¿percibís que otros campos de investigación tienen una recepción más alta entre el público en general? Coburn, por ejemplo, contrapone la investigación en ciencia política a la que realiza National Cancer Institute.

También estuvieron por cortar el financiamiento al National Cancer Institute pero lo salvó un senador que no está más. También estuvo a punto de desaparecer por una cuestión de política interna. Ahora, no me queda duda de que la medicina salva más vidas que la ciencia política, no es una comparación adecuada. Como me dijo Judith Shklar, “al menos nosotros no le hacemos daño a nadie”.Ahora, no me queda duda de que la medicina salva más vidas que la ciencia política, no es una comparación adecuada. Como me dijo Judith Shklar, “al menos nosotros no le hacemos daño a nadie”. No sé cuáles son los beneficios, lo que tiene de bueno es que no hacemos daño.

¿Es verdad eso?

En general, las otras disciplinas probablemente sí. Claramente uno puede pensar muchas disciplinas vinculadas a la industria armamentística en Estados Unidos que reciben mucho financiamiento, del Pentágono más que de la NSF, como la matemática y la física. Ahí hay también una cuestión ideológica: hay a quien le puede parecer bien, pero a mí el presupuesto de defensa me parece mal. No sé si es bueno o malo, pero esas disciplinas tienen claramente un impacto mayor y un gasto mucho mayor que la ciencia política, y un mal gasto mucho mayor que la ciencia política, porque en todo lo que puede derivar en defensa se gastan millones de dólares. La ciencia política en general (salvo el proyecto Minerva, que fue un proyecto de la NSF, después del 11 de septiembre, para estudiar el terrorismo) aporta bastante poco a la defensa de los Estados Unidos, lo cual a Coburn, que es republicano, le debe parecer fantásticamente mal. Yo prefiero que aporte poco porque la política exterior norteamericana deja bastante que desear. Si vos me decís que aporta a la creación de drones que matan gente sin juicio previo, me queda claro que tenés un efecto mayor, pero no sé si quiero tener ese efecto. Siempre depende de tu posición normativa.

Volviendo a la Argentina, en los últimos años, los politólogos argentinos produjeron modelos del funcionamiento del Congreso, del federalismo, de la desnacionalización del sistema de partidos. A tu juicio ¿qué no sabemos sobre el sistema político argentino?

Hay muchísimo que aún no sabemos. En principio sabemos cómo funciona el Congreso, pero no sabemos qué intereses representa el Congreso, no sabemos qué mueve a la política pública, por qué el gobierno toma decisiones de una forma o de otra. Definitivamente no me parece que el Congreso, y ni siquiera el federalismo, sean la explicación de las políticas públicas actuales de la Argentina.Hay muchísimo que aún no sabemos. En principio sabemos cómo funciona el Congreso, pero no sabemos qué intereses representa el Congreso, no sabemos qué mueve a la política pública, por qué el gobierno toma decisiones de una forma o de otra. Definitivamente no me parece que el Congreso, y ni siquiera el federalismo, sean la explicación de las políticas públicas actuales de la Argentina. Es un gobierno que tiene bastante poder central. El federalismo puede explicar la variación a nivel provincial, pero no tanto el origen de la iniciativa de política pública. Me parece que claramente se ha perdido mucho del estudio de la economía política que había en los ’90, y de tratar de entender cuál es el origen de los intereses - hasta qué punto tienen influencia política y hasta qué punto no- y por qué el gobierno toma las decisiones de política pública que toma.

¿Esto implica una toma de postura contra el institucionalismo?

Contra el institucionalismo formal, sí. En el caso argentino las instituciones no garantizan necesariamente los efectos que se pueden esperar en otro contexto. Obviamente el sistema electoral importa y son distintos los incentivos si tenés un sistema mayoritario que si tenés un sistema de representación proporcional. Pero cuáles son los intereses que se representan es una parte importantísima del análisis que no puede ser dejada de lado.

Sobre artesanía intelectual

¿Cómo llegás a tus temas de investigación?

En general, tratando de entender las políticas públicas. Sobre todo, alguna que me parece particularmente importante en un contexto dado. A partir de problemas, de cosas que no puedo entender de la realidad, en general vinculadas a las políticas públicas.

¿Qué rol juega la docencia en tu investigación?

Me gusta tanto investigar cómo enseñar. Son cosas muy diferentes. Cuando enseñás un curso de doctorado, estás aprendiendo con tus estudiantes. El curso de maestría que enseño en SIPA (School of International and Public Affairs, Universidad de Columbia) es para profesionales, entonces me obliga a hacer el ejercicio de qué lecciones de política pública pueden aprender los estudiantes de los textos académicos, que es algo que normalmente no hago en una clase de doctorado. A nivel de licenciatura doy un seminario y una clase teórica. La clase teórica me divierte muchísimo, porque es una clase de política latinoamericana. Si bien no aprendo, puedo pensar ideas nuevas y cómo explicarle los textos a alguien que no entiende nada de América Latina. También uso además de ciencia política, películas y novelas.

El seminario de economía política latinoamericana es más difícil porque los estudiantes de licenciatura no tienen experiencia en investigación. Si bien la otra es una clase requerida para tomar el seminario, con suerte tomaron una tercera clase sobre América Latina. Entonces tienen que aprender al mismo tiempo la economía política latinoamericana y hacer una investigación donde se les pide que desarrollen hipótesis, que la testeen, que busquen explicaciones alternativas, que empiecen a manejar datos. Y ésa es más difícil, porque cuesta más enseñarles ambas cosas a estudiantes de licenciatura que recién están empezando.

¿Dirías que tu actividad docente no influye en tu investigación? ¿Son dos tareas separadas?

Sí, pero investigo sobre América Latina y las clases de licenciatura son sobre América Latina. El curso de maestría es sobre estado y sociedad en el mundo en desarrollo, que tiene que ver con mi agenda de investigación en el largo plazo y me obliga a leer de otras regiones del mundo y compararlas con América Latina. La clase de doctorado en general es sobre el tema que estoy estudiando, o sea, que la voy cambiando.

Ahora estoy escribiendo un libro con Ernesto Calvo y el tema de la clase es Democratic Responsiveness, para leer cosas nuevas y discutir cosas nuevas. Antes, cuando escribí el otro libro tenía una clase que creo que se llamaba Comparative Public Policy. Es decir que uso la clase de doctorado para obligarme a pensar los temas de los libros.

¿Qué diferencias percibís entre los estudiantes de la Argentina y de Estados Unidos?

La principal diferencia es que allá los estudiantes son full time. Están todo el día dedicados nada más que a estudiar. En la licenciatura hay más estudiantes que trabajan, pero en el doctorado, en general, o hacen investigación o están haciendo el doctorado, pero no trabajan. En la maestría y en la licenciatura hay gente que trabaja, pero en ese caso el tipo de dedicación que le pueden dedicar es diferente. En cambio, acá en general los estudiantes de la maestría son gente que trabaja, salvo los que tienen beca de CONICET y demás, que tienen otra capacidad de dedicarse al trabajo, y entonces el tipo de demandas que podés hacer también son diferentes.

¿Qué consejos le das a tus estudiantes de doctorado y qué consejos les darías a los estudiantes argentinos que quieren hacer un doctorado en Estados Unidos?

El doctorado es largo y si no te interesa lo que estudiás es un plomazo. Cada tanto viene alguno a preguntarme qué tema le conviene y, en general, si ya me estás preguntando el tema, vamos mal. Mi consejo es que estudies algo porque te interesa y después que trates de buscar, de adquirir los medios que te permitan estudiar lo que te interesa. Es decir, que no busques el tema por la metodología, sino la metodología para entender el tema. A los estudiantes de Argentina les doy un consejo más estratégico: la clave de por qué a los argentinos les va relativamente mejor que a otros estudiantes de otros países latinoamericanos es porque el sistema acá está más integrado. Por ejemplo, la gente se saca buenos GRE. Estas cosas que son medio obvias para un estudiante norteamericano, pero en la Argentina antes no eran obvias y ahora son parte del sentido de común. Antes la gente no preparaba el GRE, pero, si lo preparás, aumentás tus probabilidades muchísimo. La otra cosa es tener un perfil interesante. A nosotros nos llegan ochocientas solicitudes de admisión, de las cuales unas trescientas son de comparative. Además de tener un buen GRE, un buen ensayo buenas notas, al mismo tiempo hay que tener una propuesta interesante, por ejemplo tener publicaciones o trabajar con un tema que otra gente no trabaja, que salga de lo común.

¿En qué estás trabajando ahora?

Estoy trabajando en varias cosas. Por un lado estoy trabajando en un libro con Ernesto Calvo, sobre Democratic Responsiveness (palabra que nunca logramos traducir), que tiene que ver con cómo se relacionan los votantes y los partidos, y cuáles son los incentivos que tienen los partidos para posicionarse o darle a los votantes diferentes cosas. El trabajo empírico es en Chile y en Argentina, basado tanto en una encuesta de redes que hicimos como en entrevistas de profundidad, y también en datos de empleo público. Además, tengo, con este tema de si los políticos representan o no a sus representados, otros proyectos con Pablo Pinto, sobre opiniones de comercio: qué las moviliza, si son modificables por los políticos o no, de quién son más o menos modificables, y si los diputados votan o no de acuerdo a lo que sus votantes piden o quieren. También tengo un proyecto que es un derivado de mi trabajo anterior sobre privatizaciones y regulación, con Alison Post, sobre cómo renegocian sus contratos las privatizadas de agua y electricidad en las provincias argentinas.

Ahora estoy tratando de avanzar en un proyecto sobre la economía política de los recursos naturales: qué pasa en América Latina en términos de los cambios producidos por el cambio económico. A partir de aproximadamente 2003 hay un cambio económico muy fuerte con el surgimiento de China e India como grandes compradores, y el aumento del precio de los productos de exportación sube. Eso cambia mucho la ecuación en casi todos los países de Sudamérica, que dejan de mirar a Estados Unidos y empiezan a mirar a Asia, y que de pronto adquieren muchos recursos fiscales que reducen la influencia de los organismos internacionales, les permiten redistribuir y les permiten hacer cosas que antes no podían. Pero poco sabemos de cómo esos actores productivos que aparecen en la escena operan políticamente en cada país, si todos operan de forma homogénea, de qué contrastes hay entre ellos, qué conflictos se generan y cómo se resuelven los conflictos. ¿Se resuelven vía el Congreso, se resuelven vía el Ejecutivo, se resuelven vía el Poder Judicial? ¿Cambian los conflictos si los recursos son de origen agrario o de origen mineral? ¿Cambian cuando el recurso natural está -por ejemplo- en la frontera agrícola (como el desmonte del Chaco) o cuando el recurso agrario está en la pampa húmeda? Éste es el tipo de cosas que me interesan ahora.



Fuente: The Economist