José Emilio Burucúa

de cómo contar la risa y la masacre

¿para qué clonar?

paleta de grises

La masacre de Jamestown, Theodor de Bry (1628)

La masacre de Jamestown, Theodor de Bry (1628)

1. de cómo contar la risa y de cómo la masacre

¿En qué estás trabajando actualmente?

Tengo dos proyectos. Uno que involucra a diez personas (Nicolás Kwiatkowski, Federico Lorenz, entre otros) y consiste en partir del problema de la representación del trauma, en particular la representación de las masacres en la historia moderna.

Discutimos el tema de la irrepresentabilidad de la masacre. Es un viejo tema que en los años noventa se reedita, pero que viene de los antiguos mismos, que se plantearon en esos mismos términos el dilema.

Comprobamos que las masacres del siglo XX -incluso con una categoría nueva, que es el genocidio- han llevado a una verdadera crisis de las fórmulas de representación. Y se ha comprobado en la investigación empírica. Se trata de investigar las fórmulas que se han utilizado en la Europa moderna para representar las masacres tanto narrándolas como a través de imágenes.

¿En qué período?

El período es del siglo XIV hasta el siglo XX.

¿Cuál es el estado de la investigación?

Hemos encontrado tres fórmulas que generalmente se combinan y han entrado en colapso en el siglo XX.

En primer lugar, la cacería, donde la víctima es vista como un animal que es cazado por los victimarios. Esa es la primera que aparece, ya los antiguos la utilizaban y la palabra misma significa “gran matanza de animales” en el bajo latín. Traduce a su vez una expresión que se utilizaba para las grandes cacerías que es phonou pollou. Esta expresión se reactualiza en el siglo XVI a raíz de las masacres de las guerras de religión. Se utiliza por primera vez en 1540 en la Suiza francesa y después se convierte en una palabra universal con la “Masacre de San Bartolomé” que se traslada al inglés, al alemán y poco después al español.

¿Y las otras dos fórmulas restantes?

Una es el martirio de los inocentes, que se usa mucho hasta el siglo XX inclusive. La tercera es la del infierno, para la cual tiene que haber antes un proceso de desactivación del infierno como lugar de castigo, porque si no sería contradictorio para hablar de las víctimas. Esta desacralización tiene lugar en el siglo XVII, más que nada en Inglaterra, que es además donde se empieza a utilizar: por ejemplo, para las masacres de protestantes en Irlanda.

El primer cronista que se refiere a un infierno generado por los hombres, en dónde también dice, paradójicamente, que las víctimas no son culpables, la culpa es de los victimarios, es el padre de Las Casas en la Brevísima relación de la destrucción de Las Indias.

¿La conquista de América introduce un cambio en el uso de los términos?

Hay un debate fortísimo entre de Las Casas y otros teóricos de Salamanca, en particular con Ginés de Sepúlveda.

La Brevísima tiene su primera edición ilustrada en 1593. Es una edición que se hace en Holanda y el grabador es un tal De Bry. Él editó en Hamburgo cinco volúmenes sobre la conquista de América. En esos grabados aparece la fórmula de la Cacería y la del Martirio, y se implementa la fórmula del Infierno para ilustrar el texto de de Las Casas. Es un texto apocalíptico, que describe catástrofes y matanzas. Para ilustrar eso, siguiendo la tónica del relato, saca a relucir la fórmula infernal.

Entre los ingleses, como mencioné, se desactiva el infierno como castigo para ponerlo como un producto de la locura del hombre. Esto aparece sobre todo luego del Leviatán de Hobbes. En “El reino de las tinieblas” -que es la cuarta parte del libro, que se lee poco pero es fundamental para esta cuestión- él dice que el único infierno es el que tenemos en nuestras almas.

¿Qué sucede en el siglo XX?

Como dije antes, colapsan las fórmulas de la representación. En el trascurso de la investigación hemos elaborado un gran panel de 15 metros con representaciones visuales. En la parte superior ubicamos las representaciones concretas y en la parte inferior los modelos. Por ejemplo, tenemos los grabados de De Bry arriba, y en la parte de abajo la manera en que se representaba el infierno en el Siglo XVI. Lo interesante es que cuando se llega a las representaciones de masacres en el Siglo XX, abajo no hay prácticamente nada. No hay modelo: se confirma esta crisis, este colapso.

Sin embargo, hay algo que despunta como una forma de representar la magnitud de las masacres del siglo XX, que es la silueta multiplicada. Se usa en el caso argentino, en el camboyano y en el ruandés. En el caso camboyano, son fotos de los detenidos, son decenas de miles, pero son siluetas porque la multiplicación hace que finalmente no se vea ninguna cara. En el caso ruandés es una silueta con un nombre.

Es interesante que la víctima de una masacre, que es una silueta siempre igual e inidentificable, aparezca en una extraordinaria Masacre de los santos inocentes que pinta Max Ernst en 1920.

Nombraste dos investigaciones. ¿Cuál es la segunda?

Es una investigación sobre las formas de la risa en el mundo moderno temprano. Totalmente opuesta, simplemente para poder contrarrestar todo lo que suscita la primera. Cómo se hace, de qué se ríe, cómo cambia el contenido de la risa.

¿Te interesa menos?

Ésta me gusta mucho más. Tendría que ser un sádico morboso para que me guste más la otra. En esa investigación trabajo solo y por eso también le dedico mucho menos tiempo Estoy en contacto con colegas afuera. He hecho cosas parciales sobre ese tema. Cuando me invitan afuera trabajo ese tema para aprovechar los archivos documentales de otros países.

¿Todas tus investigaciones son acerca de Europa?

Es mi tema, en general. Sin embargo, en la primera investigación atendemos el caso argentino con un historiador que se dedica al estudio de masacres en nuestro país.

¿Cómo se hace historia europea desde Argentina?

Empecé hace muchos años. No era fácil pero tampoco imposible. Debías conseguir buenos amigos que te recojan materiales y luego conseguir un buen subsidio del Estado argentino, que nunca consideró importante el estudio de historia europea, aunque esto está cambiando últimamente. Yo trataba de conseguir algún apoyo para ir a Europa y trabajar en el archivo durante tres o cuatro meses con un régimen de esclavo autoimpuesto.

Pero ahora con Internet es maravilloso, especialmente Gallica. Hice una vez una comparación: cuánto de lo que yo cité en mis trabajos está en Gallica. Y prácticamente todo. Yo no tendría porque haberme movido de acá. Y esto hace quince años, así que hoy es todavía más accesible.

¿Cómo es insertarse cómo historiador de Europa moderna en el campo internacional? ¿Uno corre con desventaja?

Y de partida uno corre con desventaja: la falta de una tradición consolidada. Ahora se está formando. Los historiadores europeos ahora nos conocen. Hasta los años 90 ni nos tenían en cuenta

¿Cuándo empezó a cambiar esto?

Con la universidad que empieza a formar gente en la democracia. El tipo que era bien conocido y que forjó relaciones importantes -que se truncaron en el año 66- era José Luis Romero. Él tenía una gran vinculación con la gente de Annales y era tenido en cuenta.

¿Esta reactivación resultó de una estrategia?

Es de fines de los 80. La atención se presentaba en principio a quienes se ocupaban de historia Argentina y Latinoamericana. La estrategia fue mandar trabajos, tratar de conseguir subsidios para trabajar afuera y, cuando se iba afuera, dar clases en esos lugares, etc. En el CONICET de los años 80, cuando se planteaba una investigación de historia europea, uno oía una serie de resoplidos y comentarios acerca de por qué apoyar estas cosas. Los proyectos, excelentes algunos, no se consideraban.

A raiz de estos cambios, ¿te parece que se consolida en algún campo de la historiografía una visión local de la Historia de Europa?

Yo creo que sí. Por ejemplo, en Historia Medieval, con Astarita, en la UBA, se ha formado un grupo sólido que hace buenos trabajos. En Historia Moderna, también en la UBA, está Fabián Campagne que es de primerísimo nivel internacional.

¿Dirías que existe una mirada netamente argentina de la Historia Europea?

No creo que exista una historia europea vista por ojos argentinos, no tendría mucho sentido. Pero sí compartimos con mexicanos y brasileños el uso de traer procesos europeos a jornadas de historia americana para aportar a un debate comparativo.

¿Cuál sería el valor de sostener estudios de Historia Europea en nuestro país?

No digo que tienen que ser la mayoría, pero una parte tiene que haber, para la cultura en

general del país, para tener conocimiento de procesos que nos afectan esencialmente. Más que nada porque esto es una alter Europa. Y para comprender esa dimensión que hemos sido y todavía somos, desde el proceso de la conquista, siguiendo con la inmigración, con una sociedad que ha sido muy dependiente de la población y cultura que la inmigración ha puesto en juego en nuestro territorio, eso tenés que conocerlo.

En otro aspecto, en una sociedad planetaria como esta, en la Universidad hay que conocer y discutir sobre todos los horizontes de civilización, no sólo en los que estamos integrados. Tiene que haber gente que estudie China, la India, que conozca sus lenguas.

Masacre de los santos inocentes, Max Ernst (1920)

Masacre de los santos inocentes, Max Ernst (1920)

2. ¿para qué clonar?

¿Cómo ves la investigación en humanidades en nuestro país?

Todo depende de las comparaciones. Si pienso en fines de los años 70 y principios de los 80, el salto ha sido enorme, tanto en calidad como en cantidad. En la larga duración es bueno el panorama.

¿Desde cuándo?

Desde mediados de los años 80 hay un trazado de horizontes, de políticas posibles. Se han establecido ciertas rutinas que antes no existían, como presentarse a las becas. Uno ya conoce el calendario.

¿Ese impulso de dónde surge?

Hubo un intento de Alfonsín, que no terminó de salir bien porque era muy débil en algunos campos. Pero fue importante lo que se hizo allí: Manuel Sadosky fue el secretario de Ciencia y Tecnología y Carlos Abeledo estaba al frente del CONICET. Fue una excelente dupla. Igualmente ya había un automatismo del campo científico. Alguien que hizo mucho por institucionalizarlo, aunque en otros aspectos pueda ser más que discutido, fue Juan Carlos Del Bello, Secretario de Políticas Universitarias a partir del año 95. Había sido Rector de la Universidad de San Juan en los 80. Él organizó muy bien la investigación dentro de la Universidad y su articulación con el CONICET.

¿Cuáles fueron las pautas de esa organización?

El trabajo en común, donde el investigador tiene que procurar ser también profesor y viceversa. El hecho de presentar informes de profesores con dedicación exclusiva, estimular que profesores con dedicación exclusiva sean investigadores y que se vinculen con proyectos del CONICET. En la remuneración tiene que haber convergencia o armonía. Del Bello abrió líneas que todavía existen y consolidó mucho la gestión de Pablo Jacovkis al frente del CONICET, en el primer momento de la Alianza.

¿Esto se mantuvo en el tiempo?

Sí. El CONICET se ha convertido en una institución con una política de Estado no sujeta a los vaivenes de la pequeña política.

¿Cuáles son estas líneas que sostiene el CONICET?

Principalmente, la expansión cuantitativa de la base de investigadores. La cantidad de becarios que está entrando cada año desde hace cinco años no tiene paralelo en la historia del CONICET. Esto es una política sostenida y está planificado seguirla. Las humanidades, por su parte, han crecido comparativamente mucho más que las otras disciplinas en el número de becarios.

En cuanto a políticas del CONICET, ¿existe un reconocimiento de las necesidades específicas de cada área , o en este sentido las ciencias exactas llevan la voz cantante? 

Hubo un momento en que llevaron la voz cantante. Por ejemplo, a fines de los años 80, cuando se dieron las discusiones sobre cuánto valía en puntaje académico haber sido el autor de un libro. En exactas eso vale muy poco, porque el conocimiento de las ciencias exactas se da a través del pequeño trabajo, que puede resultar absolutamente innovador. Los principios de Newton ya no se escriben.

En cambio, para nosotros el libro sigue siendo fundamental. Finalmente se impuso el criterio de que para nosotros no es lo mismo que para las ciencias exactas y biológicas. Es interesante ver las diferencias que existen en los formularios para unas y otras disciplinas

¿Cuáles serían las diferencias más valiosas?

La explicación cualitativa que se hace, en primer lugar. En las ciencias exactas y naturales cuenta la enumeración de las publicaciones hechas y la calificación de los lugares en que se hacen. En nuestro caso, los evaluadores, además, tenemos que explayarnos obligatoriamente sobre lo que sería la contribución concreta de un proyecto determinado a la disciplina. Eso las ciencias naturales lo resuelven en una sola línea: 37 artículos en 4 revistas categoría 1. Y listo, se acabó. Nosotros no hacemos eso. Se está evaluando de forma cada vez más diferenciada. Hay un criterio convergente en el control de ciertas calidades en la Gran Junta.

En el área específica de Historia, ¿qué instituciones creés que se destacan en investigación hoy en día?

La Facultad de Filosofía y Letras de la UBA sigue siendo el lugar, pese a que yo tenga mis diferencias. De ahí sale lo más interesante. La Plata también es un lugar interesante. Las universidades del conurbano, algunas están muy bien. Quilmes, por ejemplo. En Historia Intelectual han contado con Oscar Terán, que armó un equipo. Las personas han sido muy importantes.

¿Las universidades del conurbano pueden reemplazar a la UBA?

Todavía nada ha podido reemplazar a la UBA. Hay carreras que me parece ridículo clonar. Letras, por nombrar una. No se puede competir con la UBA. Para hacer una buena carrera de Letras tenés que tener buenos profesores de Griego y Latín, y esos están en la UBA. Los que hacen Literatura Latinoamericana en la UBA, no hay mejores. Los discípulos son de primera línea.

¿Y en Historia?

En Historia es diferente, si bien es difícil equiparar a la UBA en la base bibliográfica: tiene extraordinarias bibliotecas, por más que estén muy desactualizadas. Para hacer estudios de fines del siglo XIX y principios del siglo XX es abracadabrante, tenés medio millón de libros. La UBA también tiene muy buenos profesores e investigadores: Astarita y su equipo, la gente de Moderna, Hilda Sábato y Mirta Lobato son excelentes. También está el Instituto Ravignani, en el que están Gelman y Chiaramonte. ¿Cómo se compite con eso?

Entonces ¿qué pueden aportar las universidades más jóvenes?

Un formato nuevo que no sea Argentina 1, 2 y 3. Buscar algo más elástico y apuntar a una formación más orientada a la investigación, con prácticas concretas desde el comienzo, prácticas de archivo, por ejemplo. Algo que lo multitudinario de las clases impide trasmitir, de ahí la queja justificada de muchos estudiantes acerca de que el know-how se aprende recién en el postgrado. Aunque sea una tendencia mundial, no corresponde. ¿Por qué hemos perdido la riqueza y la solidez del grado? ¿Por qué nos hemos plegado a esa tendencia?

¿Qué sería un modelo más elástico?

Por ejemplo, una materia como Historia Moderna tiene que trasmitir un conocimiento básico de los hechos porque nosotros también formamos profesores de secundario, además de investigadores. Recuerdo que en la Universidad de Luján se intentó hacer una reforma dentro del profesorado y se crearon materias como Mediterráneo 1, 2, Civilización Atlántica. Cuando eso llegó al Ministerio les preguntaron: "Cuando tengan que dar Historia Medieval y Moderna ¿cómo va a ser esto?" ¡Y rechazaron el proyecto!

Pero si lo que se busca es poner el acento en la formación de investigadores, directamente se pueden aplicar los criterios actuales: tipos que hacen historia de China pero que en realidad también hacen una historia del Pacífico, que los conecta con la historia de México.

Para los primeros años, tendría que haber una base de propedéutica muy importante, con la que decirle al alumno “Bueno, esto te lo tenés que aprender de cabo a rabo porque tiene procesos básicos”. Para los años avanzados, incorporar un formato de seminario donde investigadores estables o invitados puedan plantear sus proyectos más profundamente.

¿Los profesores para el secundario deben seguir formándose en la UBA?

Sí, ese lugar no se tiene que perder. Yo creo que una propedéutica como la que planteo no sirve para un profesor. Para eso sirve el actual formato. ¿Qué sentido tiene clonar Puan si Puan es muy bueno? Tiene que hacerse algo nuevo.

3. Paleta de grises

¿Cuál es la importancia de la divulgación para la Historia?

Fundamental, aunque es un tema complicado. La divulgación en Historia se plantea como una cosa anti-académica. Cómo si fuera una perspectiva, un servicio a la sociedad que se coloca en las antípodas de la academia. Eso es devastador. A la vez es responsabilidad nuestra, de los académicos, que sea así.

¿Qué opinás de los intentos que ha habido en el Canal Encuentro?

Son interesantes, porque se ha tomado gente joven muy bien formada. Javier Trímboli y Gabriel Di Meglio son los responsables y son muy buenos. Esa sería la línea, intervenir en los medios masivos con esos estándares de calidad.

¿Cómo ves la situación en los libros de divulgación?

Estamos perdiendo…

¿Porque Lanata y Pigna encontraron una forma buena de hacerlo o porque los grandes investigadores no se han ocupado?

Luis Alberto Romero es un gran historiador y siempre se ha ocupado de eso. La Breve Historia Contemporánea de la Argentina, es un ejemplo de ello.

Me parece que hay una discusión previa, entre visiones de la historia. Mi visión es enfocar la historia como algo tremendamente complejo y lleno de matices, problemático, siempre abierto a nuevos hallazgos, un edificio nunca terminado, donde se busca la verdad pero nunca se termina de construir.

Diferente es la versión blanco y negro, donde todo es el mismo enfrentamiento entre poderosos y débiles y todo está claro desde el principio.

¿Este último sería el programa de la divulgación de hoy en día?

Me parece que sí.

¿El plan de la academia serían los grises?

Sí. Si tengo que apuntar a la formación de un ciudadano me parece mejor este plan. Somos seres en reequilibrio permanente. La otra visión nos convierte en pequeños hombres que están de una vereda o de otra. Eso es de un empobrecimiento espantoso. A partir de ahí se construye una moral, una praxis política. Lo que tenemos que tratar de demostrar es que nuestra visión es mejor, que constituye ciudadanos lúcidos.

¿Y por qué no se impone esa visión?

Es algo difícil de lograr si no lo empezás desde la escuela primaria.

¿Te parece que los actores del campo académico que están en el tema están interesados?

Recién ahora nos estamos dando cuenta que es fundamental esa salida al espacio público.

¿A partir de cuándo?

A partir del 2007. En el caso de los historiadores, sobre todo, a raíz de los desbarajustes de la presentación “oficial” del sentido del bicentenario que se ha abierto paso en los festejos y del gran éxito de la divulgación “para-académica” que empezó a alentar. Empezó a haber muchas discusiones con editores.

¿Cuál es el problema con esta divulgación para-académica que resulta tan exitosa?

¿Cómo discutís con una persona que dice que el primer desaparecido fue Mariano Moreno porque le tiraron el cadáver en el mar, y de ahí deduce que fue envenenado –algo que muy probablemente sea falso-? ¿Cómo discutís con alguien que a partir de esa deducción construye toda una genealogía de los desaparecidos? ¿Cómo discutís con alguien que te dice que los Querandíes que mataron a Solís en la Isla Martín García son lo mismo que los que salieron a la calle en el 2001 y derrocaron un gobierno constitucional? Por esos carriles no se puede discutir.

¿Y por qué tiene éxito?

Porque presenta esta visión tan sencilla que te asegura una justicia inmediata, simple, no problemática. Una visión polar, sencilla de transmitir. Apaciguadora finalmente. Se supone que sostiene una visión revulsiva, pero no es así. Te dice esto es blanco, esto es negro, estamos del lado de los blancos y algún día prevalecerá sobre lo negro.

Y de igual modo, ¿cómo podés discutir con alguien que da esta visión, donde no sólo desaparece la Organización Nacional, el problema de la Constitución, todo, sino que además, y encima viniendo del partido peronista, hace desaparecer del panorama el poema nacional de José Hernández?

¿Y eso por qué?

Esto lo ha señalado muy bien Beatriz Sarlo. En el Martín Fierro, el indio aparece como malo y no se condice con lo políticamente correcto hoy que es hablar de los pueblos originarios. Entonces desaparece de los festejos de la Revolución en Buenos Aires la figura de José Hernández ¿A nadie le llama la atención?

¿Te parece que hay un vínculo entre la divulgación y la historiografía del oficialismo?

No hay una historiografía del oficialismo. Hay, apenas, un relato. En el ‘73 había una historiografía. José María Rosa, Palacio y Arregui eran historiadores oficialistas y si bien no comulgábamos con lo que hacían, había reglas comunes. La divulgación actual no respeta un sistema básico de citas.

¿Falta que el Estado divulgue una historia oficial?

No es una cuestión de historiador oficial. ¿Cómo puede ser que no haya habido una Comisión del Bicentenario con historiadores de todos los pelajes? ¿Cómo puede ser que Luis Alberto Romero, Hilda Sábato, Jorge Gelman, Alejandro Cataruzza no hayan participado?

La pregunta es por qué no hicieron lo que los divulgadores hacen.

Entiendo. Pero Luis Alberto está en la divulgación hace muchos años y no por un boom comercial. Él lo hace desde los ‘80, con mucha seriedad y con un equipo ¿Ahora qué puede hacer? ¿Va a tocar el timbre de la Secretaría de Cultura y va a decir “ténganme en cuenta”? Beatriz Sarlo ya señaló que no pueden hacer eso. Esto parte de una inconexión. Todos estos investigadores que te nombré antes son del CONICET que cobran sueldos de 7 mil pesos que salen del Estado. Entonces, ¿por qué el Estado no los usa?

¿Por qué te parece que el Estado no se vale de su trabajo?

Primero, por el éxito de mercado de este tipo de divulgación. Y segundo, porque en este caso particular coincide con la visión de las máximas figuras del Gobierno. Es más, Pigna construyó la visión del Gobierno. Si hubiesen estado los radicales probablemente lo hubiesen llamado a Lanata, pero el caso hubiese sido estructuralmente igual.

¿Cómo fue esa visión oficial del Bicentenario?

Cuento una cosa. Circuló un temario de lo que habrían de ser los grandes hechos del siglo XX para las diferentes presentaciones de los festejos por el Bicentenario. De 20 hechos, en 17 habíamos perdido como en la guerra. ¿Eso es la historia del siglo XX? ¿Te tenés que complacer con la derrota? Y eso que no digo que no tengan que aparecer los hechos descalabrantes, pero si hubiese sido así como estaba expresado en esa selección, no podríamos estar reunidos en esta mesa como lo estamos haciendo.

Es una visión espeluznante donde el pueblo argentino habría sido siempre una víctima propiciatoria de fuerzas oscuras. Eso, en primer lugar, es falso y, en segundo lugar, es dar una versión descalabrante de nuestra historia.

¿La divulgación simplifica y la Academia complejiza?

En la Argentina, sí.

¿Te parece qué además hay una opción por los soportes de la divulgación que la Academia rechaza?

Sí, quizás sí.

¿Hay quizás una falta de experimentación de soportes de parte de la academia, incluso de parte de quienes se interesan por la divulgación como Luis Alberto Romero?

Sí, sí.

¿Y a qué se debería?

No sé en general, no podría decir por qué sucede.

¿Acaso hay un prejuicio hacia esos soportes?

Sí, eso tengo que admitirlo que es así. Y es una falencia grave. Quizás tenga mucho que ver con el hecho de que las Humanidades nos hayamos separado de las Ciencias Sociales. Si hubiésemos tenido al lado la carrera de Ciencias de la Comunicación esto no hubiese pasado. Ahora, vos fijate, para seguir con esto, cómo el sistema reproduce esta división tajante: en la UBA, la carrera de Edición está en la facultad de Filosofía y Letras, no en la de Ciencias Sociales articulada con la de Ciencias de la Comunicación.

¿Habría que desarmar esa división?

Estoy arrepentido de la separación de las humanidades respecto de las Ciencias Sociales: es una catástrofe para las dos. Ellos se quedan sin su fichero y nosotros sin la capacidad de inserción en la contemporaneidad. Eso ha sido catastrófico.

¿Qué se recuperaría?

Tal vez, una confianza respecto de la TV, porque a tu lado tenés comunicólogos que enseñan cómo es la cosa. Podés discutir y leer lo que ellos producen, algo que raramente lo hacemos hoy en día en el campo de la historia. A la larga, si sos un tipo plástico e inteligente tu visión del problema de la TV tiene que cambiar. Pero esta separación petrifica los prejuicios previos.

¿Cuándo fue esa separación?

Las separa Alberto Ottalagano. Fue el rector interventor que nombró Isabelita en agosto del ‘74.

La primera intervención es del ‘73 y es la de Puiggros. Después queda ese equipo pero la cabeza es Vicente Solano Lima. Luego permaneció Raúl Laguzzi quien había sido Decano de Farmacia y Bioquímica. Tras la muerte de Perón la Universidad es reintervenida y lo nombran a Ottalagano, y en Filosofía y Letras a un cura que se llamó Sánchez Abelenda. Dijeron que su misión era desterrar de la UBA y en particular de Filosofía y Letras a los tres cánceres del marxismo, el psicoanálisis y Piaget.

Ottalagano crea una especie de carrera de Sociología dependiente del Rectorado y la separa de Filosofía y Letras. Cuando en el ‘83 se hace la intervención de Alfonsín, Sociología ya no vuelve. Cuando se discute la reincorporación, nuestro primer decano con la vuelta de la democracia -que después fue electo-, fue un sociólogo. Se llamaba Norberto Rodríguez Bustamante, no era de las disciplinas de la facultad.

Nuestra voluntad era que Sociología volviera. Había muchas relaciones con José Aricó, el Club de Cultura Socialista. Había un deseo de reunificación que no se produjo. Y sigo sin saber por qué. Fue muy opaco. Yo estaba en la Asamblea en la que se decidió. En todas las cuestiones era muy evidente que quería Shuberoff . En este caso no, no podría decir que quería Schuberoff.

En este marco, ¿qué pasa con la Historia en la educación secundaria?

Creo que hay una gran batalla en el nivel medio. De hecho, en la gran Reforma Educativa del menemismo ni las ciencias duras ni las humanidades fueron consultadas. Eso fue un abuso. Era difícil hacer una crítica en la Facultad porque estábamos maniatados por las alianzas con gente de Ciencias de la Educación.

¿Y cómo habría que dar esa batalla?

Hay una gran tarea de desenmascaramiento y contrición. No puedo admitir, yendo a un ejemplo, que en la Universidad se presenten proyectos de carreras donde la tercera parte de las materias son pedagógicas. No puede haberse convertido en una cosa tan compleja la trasmisión de conocimiento. Eso es una patraña que debemos desenmascarar.

¿Y en los colegios?

Es catastrófico en el nivel nacional. Lo veo con los colegas jóvenes que están dando clases en colegios secundarios. Prácticamente no hay directivo que no provenga del área de Ciencias de la Educación. Eso es catastrófico. Antes había un porcentaje de profesores de Matemática, Historia, Filosofía, pero ahora el 90% son de Educación. Y eso es malsano.

Habría que desenmascararlo. Porque finalmente se convierte en un saber formal que genera superestructuras para autolegitimarse y reproducirse. Ahí hay una batalla. Y son muchos expertos en ciencias de la educación los responsables en buena parte de la simplificación de los contenidos que hacen que, volviendo a lo nuestro, triunfen las visiones simplistas de la divulgación para-académica frente a la visión compleja, matizada, problemática de la historiografía.

José Emilio Burucua es Profesor (1971) y Licenciado (1972) en Historia de las Artes por la Universidad de Buenos Aires. Es Doctor en Filosofía y Letras, orientación Historia de las Artes, por la Universidad de Buenos Aires (1986). Ha sido Profesor Titular de Historia Moderna en la Facultad de Filosofía y Letras, UBA y actualmente se desempeña como Profesor en la Universidad Nacional de San Martín.