Hugo Vezzetti

2. Las formaciones del inconsciente

En una entrevista decís que, con la vuelta de la democracia, los psicoanalistas ocuparon la mayoría de las cátedras en la universidad porque “eran los que se presentaban y a los que los jurados convalidaban”.

Lo que sucede, primero en la carrera de Psicología (aún no existía la Facultad, que se crea en el ’85) es que se trasladan a ella ciertas formas de hegemonía que se habían construido fuera de la universidad. Eso era un poco inevitable.

Yo fui el delegado interventor de la carrera de la UBA. Armamos los concursos tratando de respetar la especificidad de las distintas asignaturas, y de hecho en muchas sí pudimos lograrlo. No es cierto que todos fueran psicoanalistas: hubo materias de psicología social, de psicología general, de metodología de la investigación, en las que entraban orientaciones que no tenían nada que ver con el psicoanálisis. Pero la verdad es que en todas las materias ligadas a la clínica el psicoanálisis se imponía. Eso era muy difícil de contrarrestar. Yo intenté hacerlo. En ese momento no había designaciones exclusivas: las únicas que decidí implementar fueron dos. Una fue para el profesor de psicología general, Aníbal Duarte, que introdujo la psicología cognitiva. Esa salió bien, la cátedra todavía sigue. La otra no salió bien: había un psicólogo formado en Estados Unidos, Mauricio Papini, que trabajaba en psicología comparada, una versión bastante avanzada de conductismo. Estaba en Ciencias Exactas. Le di la designación exclusiva. Por supuesto, cuando consiguió un lugar en Estados Unidos, se fue. Ahí no se produjo nada, además es mucho más difícil impulsar esas corrientes.

¿Parte del proyecto era evitar una hegemonía psicoanalítica?

En el caso nuestro sí.

¿Quiénes lo impulsaban?

Ésa es otra cuestión: cómo se formó ese primer elenco de normalización, en el cual yo en realidad caí un poco de casualidad. Había un núcleo de gente que pudo seguir en la carrera, aún bajo la dictadura. El elenco de la normalización se arma alrededor de los grupos que venían trabajando con la Unión Cívica Radical. Yo no tenía nada que ver, nunca tuve ninguna relación con el radicalismo. En estos grupos había algunos que estaban en la carrera, que habían quedado como ayudantes o como colaboradores, que habían podido mantenerse; también había un peso muy fuerte de graduados, representados por la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires; y los estudiantes, el único claustro que pudo reorganizarse bajo la dictadura: en época de elecciones tenían normalizado el claustro; eran del Partido Intransigente y el presidente era Pablo Semán.

Los graduados que venían de la época de oro del reformismo universitario, el del ’58 al ’66, y algunos de los profesores, que también eran graduados, constituyeron durante esos años un núcleo que asesoraba a los que estaban definiendo la política universitaria para el radicalismo. Lo que los reunía era una idea un poco ilusoria: la de recuperar la universidad de los años sesenta. El mito nos empujaba a todos. Tenían dos candidatos: uno de la Juventud Radical y otro de la Juventud Radical Revolucionaria, y se neutralizaban. Alfonsín asume en diciembre, en dos meses tiene que armar todo su elenco. Delich tenía que asumir como normalizador de la UBA y no tenía designado al que iba a ocupar el lugar en la carrera de Psicología. Entonces alguien propone mi nombre, sobre todo por mi trayectoria en la Asociación de Psicólogos, de la cual había sido presidente. Lo que quiero mostrar es que ese elenco no era un elenco que viniera de los núcleos psicoanalíticos. Más bien, lo que los reunía era una idea un poco ilusoria: la de recuperar la universidad de los años sesenta.

Ya existía el mito.

El mito, claro. El mito nos empujaba a todos. Yo dudé mucho, no tenía nada que ver con ellos, a algunos los conocí ahí mismo. Me acuerdo que me tomó todo un fin de semana decidirme. No tenía ningún proyecto para una carrera académica; trabajaba en mi consultorio, como psicoanalista. Pero al mismo tiempo, todo el grupo de Punto de Vista, del que formaba parte, había apoyado al alfonsinismo: Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano. Con ellos discutíamos acerca de comprometernos con la reconstrucción cultural, intelectual, democrática. Sentía, a pesar de las dudas, que no podía negarme a asumir esa responsabilidad. Finalmente acepté. Estaba dispuesto a jugar un poco como el que timoneara un proceso que promoviera la participación, con esa idea que estaba en el aire de los tiempos que era que la democracia era el pluralismo, la idea de que democratizar era permitir que distintas corrientes se expresaran. Tenía la idea completamente ilusoria de que todo esto que estaba fuera tenía que estar en la universidad; tenía que ser el lugar que albergue esos debates. En verdad, ni siquiera se habían establecido como debates, porque, ¿qué es lo que existía? Cada capilla, cada grupo, cada círculo tenía su propio espacio, su parroquia, su publicación. No había lugares para el debate. Si vos publicás para tus alumnos o tu propio grupo, ¿quién te va a discutir? Intentamos hacer eso, pero simplemente fracasamos, era muy difícil o imposible.

¿Qué pasó, entonces, con las corrientes no psicoanalíticas?

En principio, las corrientes no psicoanalíticas siempre fueron débiles. Existe una visión conspirativa que cree que el psicoanálisis se mete por todos lados y termina apropiándose de todo. Pero lo que no se ve es que eso sucede porque le resulta muy fácil. Esa visión deja de lado que las otras corrientes siempre fueron muy débiles. No es que acá hubo una psicología social con un desarrollo fuerte. Incluso en los años sesenta Enrique Butelman enseñaba psicología social y podía dar una visión absolutamente actualizada de la disciplina: francesa, inglesa, alemana, etc. Era un gran profesor. Ahora, nunca en su vida pudo diseñar una investigación en psicología social, porque su interés estaba en otro lado, a diferencia de lo que sí pudo hacer Jaime Bernstein, que era el socio de Butelman en Paidós, y se ocupaba de la parte de psicodiagnóstico y psicometría. Estas orientaciones sí tuvieron más difusión, porque Paidós produjo todos los tests mentales, las técnicas, los aparatos. La psicología cognitiva no parece ser un contrincante con esas tradiciones hegemónicas. Pero favorecimos que se desarrollaran las corrientes psicogenéticas a través de Antonio Castorina, que era y debe seguir siendo el mayor especialista en Piaget en la Argentina.

¿Pero existen facultades de psicología pluralistas en sus enfoques o más bien cada facultad desarrolla una corriente particular? Por ejemplo, incluso en Estados Unidos el modo en que se hace psicología cognitiva en la costa este no es igual al de la costa oeste.

Efectivamente, la psicología es un espacio que está en crisis. Lo que puede verse va en esa dirección, la fragmentación, a tal punto que cada vez más en el mundo se tiende a trasladar la formación más doctrinaria o programática a los posgrados. Hay una formación básica que sirve para cualquier cosa, pero obviamente cuando te vas a formar para saber qué vas a hacer, lo vas a hacer en un posgrado. Ese es un problema acá, porque, por distintas razones, se intenta dar una formación que habilite para todo.

¿Eso es una virtud?

Es una virtud y es un inconveniente, y ahí empiezan los problemas. Es una virtud porque, en términos de las posibilidades laborales, apunta a un perfil de psicólogo que puede hacer muchas cosas. Ahora, en la práctica, como uno no puede estar formado bien para todas esas cosas, lo que sucede es que el estudiante muy tempranamente va eligiendo qué es lo que le interesa, y en general lo que le interesa tiene que ver con el psicoanálisis. Por lo tanto las otras materias las pasa rápidamente. Desde el punto de vista del desempeño y de la formación, quizás sería mejor directamente suprimir los diplomas en psicología general para hacer diplomas específicos: psicología cognitiva, psicología social, psicología educacional, psicoanálisis. Es el caso de Francia, donde ya existen algunos departamentos de psicoanálisis. Otro problema, sobre todo en los Estados Unidos, es que con las nuevas corrientes relacionadas con la neurología o la neuropsicología, los recursos van a las escuelas de medicina o a las escuelas de biología. Los psicólogos que tienen que formarse en esas orientaciones terminan ahí. Hay corrientes cognitivas que van a discutir con los filósofos,  hay corrientes cognitivas que van a discutir con los que hacen escaneos cerebrales. Ni siquiera los departamentos de psicología general, sobre todo en Estados Unidos, están conteniendo todo lo que se hace en psicología. Hay mucho que está fuera de esos departamentos, porque se va a la pedagogía o a ciencias de la educación, o a medicina, o a ciencias biológicas. O se va a las ciencias sociales: muchos desarrollos de psicología social están en departamentos de ciencias sociales. Hoy es difícil en el mundo decir cuáles son las tendencias dominantes. Es un momento de mucha dispersión, y quizás de confusión también.

En este debate, ¿el psicoanálisis ha tenido una perspectiva sectaria?

El problema es que el psicoanálisis ha tenido, desde Freud (y uno podría decir: por voluntad del propio Freud), modos organizativos particulares. ¿Cómo se organizan los biólogos? Tienen sociedades de biología. ¿Cómo se organizan los psicoanalistas? Tiene algo que se aproxima a una sociedad científica, pero no lo es, porque las sociedades científicas, como sea, tienen que relacionarse unas con otras. El psicoanálisis tiende más bien a organizarse en su propio territorio. Frente a las críticas médicas, está quien dice “el psicoanálisis no tiene que ver con la medicina”. Pero por otra parte, las críticas al psicoanálisis, en muchos casos, son críticas crudamente ideológicas. Entonces, en esa mescolanza, se ha convertido a ese debate en un debate en donde es difícil discriminar qué es lo importante. Sobre el psicoanálisis se discute desde el comienzo. Por lo tanto, no hay ningún problema en que se debata: la cuestión es qué es lo que se está debatiendo.

¿Qué otros efectos tiene, para el desarrollo de la clínica o del desarrollo epistemológico del psicoanálisis, este modo de organización?

En principio, a ese modo de organización se le agrega otra cuestión, que sí es absolutamente peculiar: el imaginario familiar. Es decir, todas las historias del psicoanálisis están organizadas a partir de las generaciones. La genealogía empieza con Freud. ¿Quiénes son los que se analizaron con Freud? Primera generación. ¿Quiénes son los que se analizaron con los que se analizaron con Freud? Segunda generación. Y eso se reproduce al nivel de las instituciones locales. Pero esto no es únicamente una forma de ordenamiento, sino que tiene profundas consecuencias personales, ya que los análisis generan lo que se llaman “vínculos transferenciales”. Por lo tanto esta historia, las polémicas y las rupturas, está fuertemente atravesada por esos vínculos. Eso no se da en ninguna otra disciplina. No porque no haya vínculos: son conocidas en cualquier grupo disciplinar las peleas, las rencillas, los asesinatos, (en general, simbólicos) respecto de los maestros. Esta eso que ha sido analizado por Harold Bloom, lo que él llama “la angustia de las influencias”1. Pero en el psicoanálisis todo eso es sistemático y arma un nudo muy particular que hace que las críticas externas, si no se traducen en términos de lo que pueda ser incorporado como un insumo de trabajo y de elaboración interna, no tengan mayores efectos.

En este punto, cuando hablo de un imaginario familiar, hablo también de un imaginario religioso. El psicoanálisis funciona como una iglesia, entonces uno puede decir que a la iglesia, católica por ejemplo, no le importa mucho lo que pueda decir un mahometano. Ahora, el problema surge en los momentos, que sí los ha habido, en que alguien puede tomar lo que dice un mahometano o lo que dice un laico o un ateo y lo traduce en términos de una polémica interna a la iglesia. Es lo que sucedió en la época del Concilio Vaticano en los años sesenta y que obligó a los teólogos a discutir internamente. Es también lo que de algún modo pasó en el psicoanálisis argentino en los setenta con la ruptura de Plataforma y de Documento. Pero hay que recordar que fue un movimiento internacional, hubo muchos debates.

Eso no parece estar sucediendo hoy porque la estrategia es más bien “mercadocrática”: se puede decir cualquier cosa, ya no hay ortodoxia. En las revistas de psicoanálisis, en las de acá o en las de cualquier lado, pueden coexistir artículos que tienen diferencias doctrinarias abismales.  

¿Creés que los mecanismos de organización del psicoanálisis en estas asociaciones han resultado eficaces para preservar y desarrollar la clínica?

Son eficaces en el sentido de que siguen en el mercado, más allá de los chisporroteos que pueden generar estas polémicas, que son más de élites intelectuales. Pensar que de pronto, en alguna de estas sociedades, ya nadie va a ir al psicólogo sino que todos van a ir al neurólogo, me parece poco probable. Creo que el psicoanálisis también ha penetrado mucho en la sociedad americana y en la sociedad francesa, no tanto como psicoanálisis de la institución ortodoxa, sino más bien como psicoterapia de inspiración psicoanalítica. Yo estuve en Estados Unidos no hace mucho, y tuve que sacar un seguro médico. Vi ahí la cartilla de profesionales y, como acá, lo que hay no son neurólogos, son psicólogos; hay psicólogos por todos lados. Y esos psicólogos, en la medida en que hacen clínica, tienen que ver con la tradición americana, lo que ellos llaman psiquiatría dinámica, ecléctica. Pero si es dinámica ¿qué quiere decir? Que reconoce el conflicto, y por lo tanto reconoce algo del inconsciente. En fin, es una psicología que hubiera sido imposible sin Freud, más allá de que ni se llame freudiana. Y en Francia es lo mismo.Pensar que de pronto, en alguna de estas sociedades, ya nadie va a ir al psicólogo sino que todos van a ir al neurólogo, me parece poco probable.

¿Cómo se llevan estos modos de organización del psicoanálisis con los modos más clásicos de la academia: la cátedra, los concursos, las publicaciones?

Diría que el psicoanálisis con su forma de organización no termina de entrar en la lógica del sistema académico. Podés quejarte de la organización actual de la academia, pero de cualquier manera publicás un libro, o vas a un concurso, o vas a un congreso y tenés un espacio donde hay gente que te puede impugnar, que te puede discutir desde posiciones muy diferentes. A pesar de que no haya grandes debates, el sistema académico permite que existan. Tengo la impresión de que las instituciones psicoanalíticas tienden a no permitirlos. Quizás eso también suceda en otras disciplinas que hayan adquirido una gran organización en términos internacionales: es ese tipo de congresos a los cuales vas a leer lo tuyo y no escuchás lo que dice el de al lado. De cualquier manera, en los niveles locales, el sistema académico, más allá de sus deficiencias, genera más posibilidades de debate. El problema es que no hay debate. Cuando aparecen los debates aparecen en la forma de la diatriba; y frente a la diatriba, se responde en los mismos términos.

1: Harold Bloom, La angustia de las influencias, Madrid, Trotta, 2009.