Hugo Vezzetti

de revistas, consultorios y hospitales

las formaciones del inconsciente

izquierda, conciencia, violencia

1. De revistas, consultorios y hospitales

¿Cómo llega Buenos Aires a ser reconocida como una “capital internacional del psicoanálisis”?

Esa es una pregunta que no han dejado de hacerme, sobre todo los extranjeros. Llegan a Buenos Aires y se encuentran con cosas que son insólitas, incluso para capitales desarrolladas: que haya una sección de psicología semanal en un periódico como Página/12, o un lugar que se llama Villa Freud. No hay una respuesta única y fácil, ésa es la primera cuestión. Más bien, es un tema de investigación. Sí hay, por lo menos, algunas claves. Una de ellas es que este tipo de desarrollo requiere que el psicoanálisis encuentre y sume diversos públicos. Digo el psicoanálisis porque es el núcleo de esa cultura psicológica - aunque después puedan incorporarse otras cosas, incluso las que vienen a impugnarlo y a querer desplazarlo, pero que no pueden dejar de incorporarse al campo, en términos de polemizar con el psicoanálisis, o querer sacarlo de su lugar.

¿Cuáles son esos públicos?

Son particularmente dos: por un lado, una recepción médica muy fuerte que en Argentina se inicia antes y sigue después de la creación de la Sociedad Psicoanalítica, durante los años cuarenta o cincuenta, por fuera del aparato universitario, y que va a ingresar fuertemente en la universidad después de los años sesenta. Y, por otro lado, desde los años treinta también hay una recepción intelectual, vinculada a la literatura, la filosofía, a zonas bastantes amplias de las ciencias sociales y las humanidades. Además hay que agregar que siempre hubo una recepción popular ligada a experiencias de divulgación del freudismo que llegan a los medios y que tradicionalmente tomaron temas con los cuales el psicoanálisis está emparentado: la sexualidad, los fenómenos más llamativos en relación con la mente humana, la personalidad, incluso en sus aspectos más morbosos. Para poner un ejemplo, el diario Crítica en los años treinta le da lugar a la parapsicología, al espiritismo, a todo ese tipo de cosas. En determinado momento construye un público para el cual el psicoanálisis tiene algunas cosas que decir, porque habla de los sueños, habla del inconsciente, de las cosas que uno hace sin saber que las hace. 

Llegué a hablar con viejos libreros y les preguntaba: “¿Por qué hacer veinticuatro tomos de Freud? Hoy costaría convencer a un editor de cualquier autor de sacar veinticuatro tomos”. El librero no me entendía: “¡Pero era Freud!”

Si pensamos en una historia cultural del psicoanálisis en Argentina, la recepción médica no ha sido la más importante. Hay una traducción contemporánea a Freud que se hace en España. Es la de López-Ballesteros, de Biblioteca Nueva, que circuló durante mucho tiempo y llega más o menos hasta las obras de los años veinte. Después vino la guerra civil en España y esa traducción quedó interrumpida. La traducción de la obra de Freud la completa en los años 30’ en Buenos Aires Ludovico Rosenthal, alguien ligado a la Asociación Psicoanalítica Argentina, pero que nunca fue admitido como psicoanalista. No termina la traducción en ese momento, pero de cualquier manera hay una buena parte del trabajo que se hace. Ya después de la muerte de Freud, en los cuarenta y en los cincuenta, sale la edición, que esta vez si es completa, de veinticuatro tomos, de Santiago Rueda. Llegué a hablar con viejos libreros y les preguntaba: “¿Por qué hacer veinticuatro tomos de Freud? Hoy costaría convencer a un editor de cualquier autor de sacar veinticuatro tomos”. El librero no me entendía: “¡Pero era Freud!”. Es decir que ya había un público amplio. Eso ya es un dato. Otro: la Asociación Psicoanalítica no interviene en esa traducción. Otro: ¿quién es Santiago Rueda? Es un español que crea su editorial acá, que publica el Ulises, que publica literatura alemana, norteamericana. Es decir que la traducción de Freud proviene directamente de la iniciativa cultural. También hubo otras iniciativas que colaboran con esta difusión del psicoanálisis: por ejemplo, una figura como Germani, que difunde el psicoanálisis culturalista de Fromm. Todavía bajo el peronismo, en los años cuarenta, traduce El miedo a la libertad y lo prologa.

Pero en el inicio el psicoanálisis está muy cerca de la medicina.

Cierto, pero ese monopolio médico, incluso el monopolio de la APA -porque es cierto que la APA mantiene una especie de monopolio formal, digamos, el reconocimiento y la legitimidad que viene de la Asociación Psicoanalítica Internacional- empieza a ser socavado muy rápidamente. Después de la creación de la carrera de psicología, empiezan a egresar los psicólogos. Ya los estudiantes pasan a ser los que demandan análisis. La APA tiene una estructura muy rígida con listas de espera de un año o un año y medio. Pero el exceso de la demanda creó la oferta, con lo cual los psicólogos se recibían y ya estaban abriendo su consultorio. Iban a encontrar siempre a algún psicoanalista que les daba la supervisión, los seminarios, etc.

Hubo un momento (cuando yo me formé) en el que si vos decías “yo me analizo con un psicoanalista de la APA” eras inmediatamente visto como alguien demasiado reaccionario. No es que te podías analizar con cualquiera, pero los sistemas de prestigio funcionaban de otro modo. La Revista Argentina de Psicología publicaba a los psicoanalistas. Había editoriales como Paidós, Nueva Visión y otras editoriales que surgieron en los sesenta, que empezaron a publicar a estas figuras más jóvenes, que empezaban a construir sus grupos de estudio y sus sistemas de prestigio; allí se empieza a ver algo que funciona como un campo.

Este debilitamiento del monopolio médico, ¿fue un fenómeno local o más bien internacional?

Fue algo fuertemente local, aunque se puede decir que hay correlatos internacionales, si se piensa en Francia. Así se entiende un fenómeno como el de Lacan, que no obtiene su legitimidad de los psicoanalistas médicos. En definitiva, es Althusser el que termina prestándole un lugar para que dé su seminario en la École normale supérieure.  Es ahí donde obtiene su legitimación, en la academia, y de un sector muy particular de la academia, una elite de vanguardia en el campo de las humanidades y las ciencias sociales, ligada al marxismo.  Acá todo esto adquiere una intensidad muy particular. Las iniciativas más importantes provenían de fuera de la Universidad: lo que hacían Gino Germani o Enrique Butelman a través de la Editorial Paidós era mucho más importante y daba mucho más prestigio que tener una cátedra.

Pero el psicoanálisis se extiende más allá de las fronteras médicas y universitarias. ¿Cómo ocurre eso?

Esa es otra cuestión. Muy tempranamente empieza a aparecer el psicoanálisis en los medios. Pichón-Rivière escribía en la revista Primera Plana, en los años ’63, ’64. Escribía sobre lo que estaba pasando, escribía sobre el mundial de fútbol en el que Argentina perdió la final en Inglaterra. Por ejemplo, sobre la expulsión de Ratín (que le hizo un corte de manga al árbitro), sobre cómo eso reflejaba algo así como un estado de ánimo de la sociedad. Ahí hay una presencia fuerte; si bien Primera Plana no era una revista popular, era lo que leían los formadores de opinión.

Además, y sobre todo gracias al trabajo de los psicólogos, el psicoanálisis empezó a entrar en los hospitales, algo muy característico de la forma local: que exista en los hospitales una terapia de orientación psicoanalítica, con algún cuidado o con alguna información en términos de despliegue de la palabra. En fin, que no se trate simplemente de la operación hospitalaria habitual que consiste en tratar de sacarse de encima al paciente lo más rápido posible.

¿Cómo y cuándo entra el psicoanálisis en el hospital público?

Eso empieza en el Hospital de Lanús pero después se reproduce en todos los hospitales que en dependían de la Ciudad de Buenos Aires. En el Lanús se produce la famosa reforma de Goldenberg. Mauricio Goldenberg era un psiquiatra con una formación bastante tradicional, es decir, no era psicoanalista, pero tenía una relación más amistosa con el psicoanálisis en comparación con lo que era el viejo aparato psiquiátrico, enquistado sobre todo en los manicomios. En los años cincuenta comienza a proponer algo que ya empezaba a existir en el mundo: los servicios de psiquiatría en hospitales generales. Algo que en ese momento no existía. Es decir, un paciente psiquiátrico terminaba en el manicomio o tenía la posibilidad de los consultorios o clínicas privadas. En el Hospicio de las Mercedes (hoy Borda) existía la Liga Argentina de Higiene Mental y había algunos consultorios; pero no había nada que apuntara al paciente que no estaba ni para ser internado, ni tampoco podía afrontar un tratamiento individual. Entonces, en el Lanús se abre una primera experiencia de servicio psiquiátrico en un hospital general, con enormes resistencias de los pacientes -que piensan que van a estar rodeados de locos-, del personal no profesional, de otros profesionales. En fin, ahí empiezan, y ese lugar empieza a llevar a psicólogos o estudiantes. Desde el hospital se despliega también un trabajo sobre el barrio, empieza a haber toda una serie de modificaciones en las estrategias de asistencia. Esta experiencia permite una doble transformación: para los psiquiatras, que empiezan a ver que hay otra manera de intervenir que tiene que ver con la psicoterapia vinculada al trabajo grupal y comunitario; y para los psicoanalistas de la APA, que encuentran una manera de desarrollar un psicoanálisis que no es el de la ortodoxia del consultorio. Poco después, ya bajo la dictadura de Onganía, Goldenberg renuncia y lo designan en la Ciudad de Buenos Aires, donde lleva a cabo un proyecto de reforma de los hospitales, que empiezan a tener un servicio de salud mental.

Resumiendo: sea por el lado de la cultura y de los medios, sea por el lado de ese despliegue en la asistencia, el psicoanálisis se vuelve más popular. Esta asistencia comienza en los hospitales. Pero después, ¿qué es lo que hacían los estudiantes, o los graduados jóvenes? Bueno, en el hospital, trabajaban gratis, por supuesto, pero empezaban a armar su consultorio, siempre cobrando mucho menos que lo que cobraban los psicoanalistas. Como sea, empieza a ser una práctica muy común.



"En el andén" (1949), de Grete Stern. Sus fotomontajes ilustraban la columna de la revista Idilio en la que Gino Germani y Enrique Butelman interpretaban los sueños de las lectoras.

Un lugar común en las historias del psicoanálisis según el cual, durante la dictadura, los analistas se encerraron en sus bibliotecas, en sus consultorios. ¿Cuál creés que fue el impacto de la última dictadura en el trabajo psicoanalìtico?

Sin duda hubo cambios de orientación, pero no por eso se puede establecer una relación de determinación directa del plano político al plano cultural, o, en este caso, a una práctica específica como el psicoanálisis. Creo que eso no funciona en el psicoanálisis, pero tampoco funciona en la literatura. Es una precaución elemental que exige tener un concepto como el de “campo”, “campo intelectual”, o en este caso “campo psicoanalítico”. Con esto quiero decir que las hegemonías, los prestigios, las formas de legitimidad tienen que traducirse en términos específicos; lo que no quiere decir que no haya ningún impacto, sería ridículo decir eso.

Ese cambio de orientación en el psicoanálisis se empieza a plantear bastante antes de la dictadura. Diría que con la llegada del estructuralismo. Desde el punto de vista de una historia intelectual, la recepción del lacanismo tiene que ver con el modo en que Lacan entra junto a Lévi-Strauss, sobre todo, y a Althusser; Foucault todavía jugaba un papel, me parece, bastante más secundario en términos de esas lecturas. Al mismo tiempo, es cierto que las orientaciones anteriores, sobre todo la kleiniana, efectivamente encontraban un límite. El kleinismo no era un contrincante demasiado sólido, sobre todo para quienes querían leer al psicoanálisis no a la luz de una pura técnica terapéutica, sino a la luz de lo que el psicoanálisis se proponía hacer en esos años -no sé si se lo propone todavía-: una gran aventura del pensamiento occidental sobre el sujeto y la sociedad. Esto es lo que permitía que se lo emparentara con el marxismo, con las nuevas teorías antropológicas, o las nuevas teorías sobre el lenguaje.

Ahora, las orientaciones del psicoanálisis más eclécticas, que habían dominado en los años sesenta y que habían podido desplegarse en las instituciones públicas -como las que yo comentaba antes: grupos, técnicas y dispositivos de acción comunitaria, el trabajo en los barrios, etc.- todo eso fue barrido por la dictadura. Los psicoanalistas de orientación más lacaniana, en general, no creían que hubiera que mezclarse demasiado con ese tipo de experiencias comunitarias. Es decir, el lacanismo viene a crear una nueva ortodoxia allí donde el psicoanálisis había perdido un poco la suya, porque entonces se podía mezclar un poco con teoría de los grupos, con psicología social, con psicodrama, en la medida en que eso funcionara. En este sentido es cierto que ese tipo de debates sí se perdió: porque los que pretendían desarrollar esas experiencias fuera del consultorio son los que sufrieron más las consecuencias de la represión. Pero no creo que haya ninguna razón (eso se ha construido más bien retroactivamente) para pensar que hubo una relación interna, una relación ideológica o en el nivel de los conceptos o de las técnicas.

¿Cuál era la percepción que en general tenían los psicoanalistas sobre la dictadura, sobre su práctica profesional durante ese período?

Bueno, los propios psicoanalistas también construyen su paraguas de ilusión. Lacan hace un viaje a América Latina, pero no viene a Buenos Aires, sino a Caracas, en 1980. Va a Caracas porque allí reside una psicoanalista argentina, Diana Rabinovich, que prepara ese viaje. Por supuesto, el núcleo más fuerte de los psicoanalistas que van a Caracas es de la Argentina. Y muchos de ellos en ese momento no entendían por qué Lacan no venía a Buenos Aires. Efectivamente podía venir y no le hubiera pasado nada. No digo que lo hubiera recibido el ministro de educación, pero más de un periodista amigo del régimen hubiera dicho: “Miren, los que dicen que en Buenos Aires pasan cosas terribles; fíjense cómo una figura extraordinaria del psicoanálisis viene a Buenos Aires”, como para mostrar la normalidad de la vida de Buenos Aires.

Yo fui en aquel momento a Caracas porque colaboraba con el diario La Opinión, que era un diario en el que se podía escribir, incluso después del secuestro de Timerman. En ese viaje no pude hablar con Lacán. Sí me crucé con él en un ascensor, pero él ya no hablaba. Ustedes saben que hay dos teorías, hay una que dice que había alcanzado un estado que sólo se alcanza en la mística, y que por lo tanto sólo pronunciaba pocas palabras. Y hay otra que dice que estaba ya seriamente deteriorado. La cuestión es que  no hablaba. Fue muy impresionante porque dio su discurso, pero después cuando alguien le preguntó algo, se quedó mudo, no contestaba. Con quien sí hablé y a quien le hice una entrevista que se publicó en La Opinión fue a Jacques-Alain Miller, viejo maoísta, que me dijo: “Pero, por supuesto, ¿cómo Lacan va a ir un lugar donde gobierna una dictadura?”. Es lo que yo pensaba: Lacan, que había encontrado su recepción mayormente en los sectores de la izquierda intelectual tanto fuera como dentro de Francia, obviamente no iba a venir a la Argentina. Todavía resonaban los ecos de la campaña contra el mundial del ’78. Cuento esta anécdota para dejar en claro que los psicoanalistas lacanianos efectivamente habían armado sus organizaciones y trabajaban con libertad, sin mayor problema; sobre todo después del ’78, ’79. Ahora, sí hubo una ilusión: que en Buenos Aires no pasaba nada, que por lo tanto no había ninguna razón para considerar que una dictadura impusiera condiciones distintas para el ejercicio del psicoanálisis; y seguramente no se extrañaba el hecho de que no se hubieran mantenido esas experiencias por fuera del consultorio. Pero de ninguna manera se puede decir que eso constituía una relación interna. En todo caso, lo que hubo es, como en todas las sociedades, acomodamientos. El clima, en general, fue un clima más conservador, pero reflejaba lo que estaba sucediendo en toda la sociedad, no particularmente en el psicoanálisis.

¿Existe un relato del lacanismo como una cultura de resistencia contra la dictadura?

Quizás exista entre los más jóvenes pero no veo cómo podría sostenerse. El libro de Germán García, La entrada del psicoanálisis en la Argentina, sale en los años de la dictadura (1978) aunque seguramente había sido escrito antes. Incluía una especie de brulote contra los grupos Plataforma y Documento que rompieron con la Asociación Psicoanalítica en el año ’71, eran grupos con una fundamentación marxista o socialista. Yo hice un comentario muy crítico del libro de García en La Opinión y él respondió en el mismo diario. Lo que yo hacía en el comentario era defender a los psicoanalistas atacados; muchos en ese momento se habían tenido que ir de la Argentina y obviamente no podían responder. Por supuesto, Germán García y el propio Masotta ya habían mostrado antes sus diferencias con esos cruces entre marxismo y psicoanálisis. Es cierto que había mucho de ilusorio en esa ruptura y en la idea de un psicoanálisis plegado a la revolución. Pero García va más allá y en su libro hace un juego con las palabras. Dice “plataforma, forma plata”; y un documento, como todo el mundo sabe, es un instrumento bancario. Parecía que sólo se trataba de dinero. Realmente transgredía ciertos límites éticos. Se podían discutir muchas cosas, la ingenuidad de ese marxismo, pero no que la ruptura tuviera que ver con el dinero. Es cierto que esos psicoanalistas ganaban mucho dinero, pero no iban a ganar más fuera de la APA. Probablemente cuando lo escribió no podía prever que iba a ser publicado y leido en dictadura y con muchos de esos psicoanalistas exiliados. En fin, lo que quiero que quede claro es que en el contenido mismo de ese debate no hay nada que permita reconstruir la posición de un lacanismo resistente. En todo caso, hay que reconocer que defendieron sus espacios, pudieron trabajar con autonomía, promovieron una lectura de Freud, la traducción de Lacan, el estudio de su obra. No se puede decir que eso no tenga ninguna importancia: fue un elemento de resistencia intelectual. No de resistencia política a la dictadura, sino en todo caso de resistencia en la decisión de mantener abiertos, activos y productivos, ciertos niveles de trabajo intelectual. Y efectivamente eso se mostró después: cuando en los años ochenta se veía qué publicaciones valían la pena, venían de ahí, del lacanismo.