Eduardo Rinesi

en viaje

la docencia en tensión

el terruño

1. En viaje

¿Cómo comenzó tu recorrido académico?

Estudié en Rosario, en la Facultad de Ciencia Política de la UNR. Entré en el año 82, final de la dictadura: la facultad de Ciencia Política era un espanto absoluto. Pero era un momento interesante, también, porque enseguida empezaría la discusión que acompañó el inicio del ciclo democrático.

¿Te vinculaste a la actividad política en aquellos años?

Empecé con una militancia muy activa en esos años, de lo que se llamó la “transición a la democracia”. Fueron años de mucho cambio, de discusión de los planes de estudio, de gran renovación académica: teníamos un puñado de profesores que recibíamos de Buenos Aires, algunos de los cuales serían fundamentales en mi formación: me marcaron para el resto del viaje.

¿Cómo cuáles?

Varios. Recuerdo los cursos de Daniel García Delgado, de Alejandro Piscitelli. Pero sobre todo, por supuesto, los de Horacio González, personaje absolutamente fundamental para mí en esos años y en todos los que siguieron: con él me pondría a trabajar después aquí, en Buenos Aires, cuando me vine a vivir un tiempo después. Además, recuerdo que en Rosario había una sede de la FLACSO, que recibía a excelentes profesores también: allí conocí –aunque no traté– a Juan Carlos Portantiero y a Emilio De Ípola. También a Jorge Dotti, con quien sí establecimos, con un grupo de compañeros, una relación muy instructiva, recuerdo, para mí.

¿Finalizado tu grado viniste a Buenos Aires?

En realidad me vine un poco antes de terminar la carrera. Me vine a Buenos Aires con una excusa académica banal: hacer un trabajito de cierre de la carrera, una especie de monografía que había que presentar como resultado de una pasantía en alguna institución. Yo elegí la UBA. Dije: voy a escribir sobre las ciencias sociales en la UBA, y me vine. Las ultimas materias las di medio libres, ya viviendo buena parte de la semana acá. Viajaba mucho, iba y venia.

Pero finalmente te mudaste. ¿Cómo fueron esos inicios?

Aquí empecé a trabajar inmediatamente, como les decía, con Horacio González, en su cátedra en Sociología de la UBA. También con Alcira Argumedo, que fue muy importante en la orientación de mis lecturas en esos años. Y con mucha otra gente: daba clases en la cátedra de Sociología de Daniel Filmus en el CBC. En la de Alejandro Piscitelli, de Pensamiento Científico, también. Después me enganché en varios cursos de Comunicación: con Alicia Entel, con Sergio Caletti, etc. En paralelo, hice mis estudios de maestría en Ciencias Sociales en la FLACSO, que fueron muy instructivos: me sirvieron mucho. Destaco especialmente, por su importancia para mi formación, mi trabajo de casi una década en la cátedra de mi maestro Oscar Landi, de quien aprendí mucho. Y mis horas de Sociología en el Colegio Nacional, al que llegué a dar clase medio de carambola y donde soy profesor (sigo ahí) hace dos décadas.

En fin: me cansé de dar clases en las cosas más diversas y más inverosímiles. Eran los 90, no era fácil: se ganaba dos mangos con cincuenta dando clases y yo no sabía hacer otra cosa, de manera que di clases de lo que les ocurra. Y la verdad es que eso fue para mí muy importante, muy formativo. Mi formación (perdonen esta palabra medio absurda, o medio solemne: lo que aprendí, digamos) no está hecha de lo que leí según un programa disciplinado de lecturas sobre un tema, sino de lo que fui chapuceando medio a los tumbos para dar clases, de las cosas que, en ese ejercicio bastante indisciplinado, me fue entusiasmando, de las conexiones, no siempre ortodoxas, que fui encontrando entre lo que leía aquí y allá. Hoy advierto que hay colegas que tienden a separar su vida de “investigadores” de su vida de “docentes” y a suponer que esta última es casi una distracción para vivir adecuadamente la primera. No digo que esté bien o que esté mal (mentira: la verdad es que digo que está mal, pero ése no es el punto acá), pero lo cierto es que pensando en mí mismo (y tampoco digo que eso sea modelo de nada, desde ya) la distinción misma me parece totalmente antojadiza y aribtraria. Casi todas las cosas que estudié más o menos seriamente las fui conociendo en el ejercicio de prepararme para dar clases, de estudiar para dar clases.

Es lo que me pasó con los temas que durante años di con Horacio en sus materias, sobre todo en la que empezamos a dictar a mitad de los 90: una materia muy linda, muy estimulante, que se llamaba y que se llama (sólo que yo ya no estoy más ahí) “Teoría Política y Teoría Estética”, que para mí fue muy importante. Ahí tratábamos de pensar la relación del problema de la política con el problema del arte: la teoría política con la teoría de la novela, con la teoría del teatro, con la teoría estética en general.

En algún momento te trasladaste a Brasil. ¿Cómo fue tu viaje?

Casi una casualidad. Una oportunidad rara que se abrió en un momento en que ya medio había abandonado la idea de hacer cualquier cosa de formación académica muy sistemática: doctorados y esas cosas. Yo ya no era un chico. Estaba casado, tenía un nene chiquito. Pero apareció una amiga que venía de Brasil y que me contó lo que estaba haciendo. Estaba estudiando algo que se parecía a lo que a mí me interesaba. Conversamos un poco sobre el asunto y después de un par de cafés me dijo “vos te tenés que venir a Brasil. Allá hay un tipo que trabaja las cosas que a vos te interesan”. Me mandó los libros de este fulano, que era Renato Janine Ribeiro. A mí me encantaron, sobre todo un libro que me pareció, en ese momento, deslumbrante. Era su tesis doctoral, y se llamaba Ao leitor sem medo. Le escribí, cambiamos algunos e-mails. Y un buen día habíamos hecho las valijas y nos habíamos ido, con mi mujer y mi hijo, para San Pablo. Una locura. Pero la verdad es que fue una experiencia muy interesante. Allí hice el doctorado en filosofía, dirigido por este profesor Renato Janine.

Delacroixe, Hamlet y Horacio en el cementerio

 Hamlet y Horacio en el cementerio, Delacroix (1839) 

¿Cuándo volviste?

Volví de Brasil en el 2000. La tesis la escribí en 2001, la defendí (viajé de nuevo para allá para defenderla) en 2002 y la publiqué en 2003. En 2001 empecé a laburar como profesor, en medio de la tremenda crisis argentina, en la UNGS. Todavía no como investigador-docente, sino como profesor de un curso. Pasados unos meses, me ofrecieron hacerme cargo de la creación de la carrera de Ciencia Política, que yo insistí en no llamar así. Terminé armándola y la llamé (y se llama hasta hoy) Licenciatura en Estudios Políticos: menos disciplinar, menos ortodoxo, más amplio. Me entusiasmé mucho con eso. Y cuando me quise dar cuenta me estaba postulando para ser director del Instituto en el que trabajaba. Me presenté y gané. Desde 2003 hasta 2010, con una elección de renovación en el medio, fui director (una especie de decano, digamos) del Instituto del Desarrollo Humano de la UNGS. Así fui combinando la actividad de burócrata universitario con la actividad académica, que traté de no dejar del todo.

¿En la UBA cómo siguió tu carrera?

Allí volví a dar clases con Horacio y con Alcira, queridos amigos cuyas cátedras fueron siempre un lugar muy estimulante para mí. Pero más a media máquina: para Horacio, que a todo esto había reclutado un equipo bárbaro de compañeros más jóvenes, uno mejor que otro, daba siempre, cada cuatrimestre, un par de clases sobre mi tema favorito, que además era el tema de mi tesis doctoral: Hamlet. Y para Alcira daba todos los cuatrimestres dos o tres clases sobre Borges. De puro mal llevado, nomás: para hacerla rabiar. Me gustaba mucho dar esas clases sobre Borges. Pero a lo que seguramente le dediqué más tiempo durante esos años fue al trabajo al frente de la cátedra de Teoría Social y Política II en la que por entonces había pedido licencia Eduardo Grüner. Eran los temas que más me interesaban, que más estaba estudiando. Teoría Política Moderna: de Hobbes a Marx, parando en casi todas: Locke, Rousseau, Montesquieu. Armamos un lindo equipo y hasta nos dimos el gusto de publicar algunos trabajos colectivos que a mí me gustan mucho.

¿Cuáles fueron tus temas de investigación en estos años?

A ver: lo primero que debo decir es que yo no soy lo que llamaría un investigador modelo. Quiero decir: no tengo un “tema de investigación”. No despliego un programa de trabajo ni progreso en el conocimiento de ninguna cosa. Durante los últimos años, en el Instituto de Desarrollo Humano, coordiné, dirigí, impulsé una cantidad de proyectos de investigación sobre temas de política argentina contemporánea, que fue siempre, junto a las cuestiones más de teoría política, o de filosofía política, un campo de asuntos que me interesó mucho. Durante los años de mis estudios universitarios, y durante los primeros años posteriores a eso, a mí me había preocupado mucho el tema de la transición a la democracia, que era el problema alrededor del cual empecé a pensar la política y la teoría política, y al que me dediqué un poco durante algunos años más. Después, como les contaba, me ocupé un poco más de algunos asuntos de teoría política y de teoría estética. Báh: no sé si de teoría estética, que es un campo enorme que conozco mal. Estudié un poco sobre la tragedia, y sobre todo estudié (esto sí: mucho) una tragedia: Hamlet.

Cuando llegaba de Brasil, con ganas de ponerme de nuevo a pensar un poco la Argentina, se nos vino encima el desbarajuste del 2001. Fue así que en 2002, cuando yo empezaba a trabajar en el Instituto del Desarrollo Humano como investigador, presenté un proyecto sobre cómo la ciencia política había abordado ese desbarajuste, sobre cómo la ciencia política había entendido el bolonqui del 2001, con una hipótesis sobre la que estoy muy convencido: que la ciencia política no había entendido nada de nada de lo que había pasado, porque no tenía instrumentos conceptuales para pensar bien ese gran desbarajuste. A ese proyecto de investigación se fueron sumando después, en los años siguientes (y mientras yo iba tratando de estudiar un poco en los ratos libres, en medio de la gestión del Instituto) una cantidad muy interesante de otros colegas, tesistas, becarios, amigotes, invitados. De todo esto salieron varias cosas, pero sobre todo un libro que a mí me dejó muy contento, que se llama Los lentes de Víctor Hugo. Después traté de seguir, más o menos en la misma línea, pero tratando de incorporar también una reflexión sobre ese fenómeno tan interesante que es el kirchnerismo, la discusión sobre la coyuntura política nacional en un libro que hicimos también con otros compañeros y que se llama Si éste no es el pueblo.

¿Y hoy? ¿Queda algo de tiempo para la investigación siendo rector de una universidad?

Mucho menos. Aunque de forma muy, muy marginal trato de seguir leyendo y pensando algunas cosas más sobre la discusión política de la Argentina actual junto a algunos amigos del área de “Política” en el Instituto de Desarrollo Humano, y en paralelo trato de seguir desarrollando un poco (pero también de modo menos sistemático que lo que querría) el tipo de reflexión que había empezado en mi libro Política y tragedia, que era mi tesis doctoral, y en otro, más pequeño pero que a mí me gusta bastante, que le siguió unos años después: Las máscaras de Jano, sobre la cuestión de la tragedia y de la comedia, de la política pensada sobre el telón de fondo del drama.